- No sabes cómo me lo pasé anoche. Fue un espectáculo. Qué hombre. Además, chicas, ya es oficial, el tamaño importa. Y mucho.
- Bueno, bueno. La noche que he tenido yo ha sido memorable. No sabría decir las veces que follamos. Un poco de alcohol hace milagros. Me encantan esos momentos en los que me siento un poco cochina. Primero por aquí, luego por allá, ahora de frente, ahora de lado. Impresionante.
- No sé si volveré a encontrarme con él, pero me ha dejado huella el tío. Qué forma de follar, por Dios. Bueno, ¿Y tú? ¿No nos vas a contar tu nochecita?
- Sí, claro. Fuimos al cine. Al terminar compartimos un bocadillo que nos vendieron en la calle. Me acompañó a casa y subiendo en el ascensor me pidió que le abrazase. Me apretó con fuerza y me dijo, muy despacio, que me amaba. Nos duchamos y nos fuimos a la cama.
El hombre camina despacio y piensa en la última vez que se acostó con una mujer. Historia repetida. Al despertar, solo en la cama. Su ropa en el suelo, junto a la silla. La cartera vacía un poco más allá. El recuerdo de una última copa. Y no saber nada más.
Sortea los pequeños charcos que se han formado en la acera levantada. Comienza a llover de nuevo. Abre el paraguas acelerando el paso. Una mujer intenta cubrirse con el bolso, pero la lluvia se hace intensa.
- Métase aquí debajo.
Ella duda aunque lo hace. Le dice que vive a tres manzanas de allí. Llegan al portal. Le da las gracias. Sigue caminando junto a la pared. Escucha como le llama. Se va a empapar. Le invito a un café. La ropa junto a la silla. La cartera vacía. Le tranquiliza saber que no ha probado el alcohol desde tres meses atrás. Se acerca despacio. Ella sonríe y mueve la mano al mismo tiempo que la cabeza en dirección al portal.
- ¿No le asustan los desconocidos?
- En absoluto, dice mientras comienza a desabrocharse la blusa.
- ¿Por qué hace esto? ¿Podría ser un bestia o un loco?
- Trátame de tú, dice dejando caer la falda.
Amanece. Solo en la cama. Algo confundido porque no sabe dónde está. Aparece y se apoya en la jamba de la puerta. Desnuda. Le gusta su cuerpo. Le gusta como maneja la situación.
- No quiero que vuelvas por aquí nunca más. ¿De acuerdo?
- No te causaré problemas.
Ella se acerca. Cuando está junto a la cama se lleva las manos a los pechos. No quiero que te olvides de mí nunca. Se arrodilla y comienza a lamer el pene erecto del hombre.
La acera está seca. Camina despacio y piensa en la última vez que se acostó con una mujer. Al despertar solo en la cama. Su ropa sobre la silla. Todo en orden. Aunque esta vez falta algo que no alcanza a entender. Se detiene y se da la vuelta. Mira la fachada de la casa. En la ventana del tercer piso está ella. Asomada. Dice adiós con la mano. Mejor pagar con billetes y no de esta forma, piensa el hombre que, obediente, se va para siempre, en busca de un bar cercano. Sólo ha sido un polvo. Es una fresca. Nada más. Intenta convencerse. Pero no puede evitar pensar en la primera vez que durmió con una mujer.
Adán pidió compañía y la tuvo. Eva fue hecha a la medida de su pareja. Era perfecta. Cada centímetro de su piel había sido soñado poco antes.
Podían yacer en cualquier lugar del Paraíso. No sentían vergüenza de su desnudez. Se acercaban para acariciarse, para explorar el cuerpo del otro disfrutando del roce de piel con piel. Si Eva se acercaba con intención de lamer el sexo de Adán el respondía procurando el máximo placer. La penetraba largamente haciendo que el cuerpo de Eva se estremeciera con cada embestida. El Paraíso lo era por eso.
Pero fueron expulsados y todo cambió. Sintieron la necesidad de taparse por si algo no le gustaba al otro. Eva se mostró esquiva por primera vez al ver que se acercaba. Él no se atrevió a tocar su cuerpo. Y ambos se fijaron en que la vejez iba desfigurando con crueldad la perfección.
Recordaban lo que fue cuando coincidían las apetencias. Construían distancias enormes cuando se daban la espalda al tumbarse. Soñaban con algunas cosas que ahora parecían imposibles.
Llegaron Caín y Abel molestando con sus juegos. Parecía estar ya todo hecho. Y el mundo empezó a llamarse mundo.
Apoyó el hombro sobre el tronco del plátano de sombra a la vez que cruzaba la parte baja de las piernas. El pie derecho reposando sobre la puntera, las manos en los bolsillos y el cuello de la gabardina subido. Sabía que tendría que esperar unos minutos. Ella era de las que pensaban que un retraso hace mucho más femenina a una mujer. Las primeras gotas empezaban a caer aunque debajo del árbol el suelo se mantenía seco.
Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sólo su cuerpo contoneándose frente a él, con música de fondo que marcaba el ritmo de una masturbación eterna, que hacía que se estirara gimiendo y pidiendo a gritos que alguien le penetrara con rabia. Dos años. Ni un solo beso. Ni una caricia. Sintió la erección y con la mano derecha se acarició el pene.
Llegó a la hora en punto más treinta minutos. Jersey de cuello vuelto, falda por debajo de las rodillas, botas de piel marrón, el bolso haciendo juego. Perfecta. Caminaron hasta el hotel.
Antes de abrir la puerta de la habitación cuatrocientos cuatro. Bésame. Ella mira con extrañeza al hombre que mantiene el cuello de su gabardina subido. No, el trato es que nada de tocarnos. Si entramos en esta habitación lo haré, intentaré cualquier cosa. Pues, entonces, no entremos. No dejaría que me pusieras una mano encima nunca jamás. Eso sería jugar a ser marido y mujer. Es lo que somos, dijo él abriendo la puerta y haciendo un gesto con la cabeza para que entrara. He dicho que no. Si quieres follar lo puedes hacer esta noche en casa. Aquí me sentiría como una puta.
Caminaron hasta el lugar en el que se habían encontrado. Ella parecía irritada. Él paró debajo del plátano de sombra y vio como se alejaba la mujer de su vida. Eso pensó.
Siempre me han gustado los maniquís. Los que se pensaron para que parecieran muy humanos son los que menos me atraen. Es mucho más difícil imaginar cosas. Son los blancos, totalmente blancos, los que me permiten inventar historias. Les dibujo cara, les coloreo los pezones o les dibujo lunares imaginarios en la ingle.
He llegado a dormir con alguno. Las primeras veces me costaba un poco por el tacto tan duro de los pechos o las nalgas. Luego aprendí a acomodarme, incluso podía simular estar follando como si lo estuviera haciendo con Marimar. Con ella ya casi no hago nada. Dejo que me la chupe y poco más. Es buena chica, pero no me termina de llenar.
Marimar dice que siempre la tengo dura. Que no ha visto una cosa igual. Lo que no se ha fijado es en que el brazo derecho se está poniendo rígido y los dedos de los pies ya no pueden doblarse ni un milímetro. Al mirarme en el espejo me veo pálido, apenas tengo pelos en las piernas. Los que tengo son blancos. Me veo y me gusto. Cada día más.
Escuchaban música. Contigo aprendí. Él con las piernas apoyadas en la mesa de fumador. Ella leyendo. Un vaso de cerveza vacío. Una taza de té caliente. Jamás había prestado atención a ese tipo de canciones. Ella, sin embargo, sabía de memoria lo que decía.
Con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá esperó a que acabase la canción. Pensó que le gustaría poder besarla en silencio. Rozando los labios para atraer el olor de su boca, sintiendo un aroma que le hizo renunciar a todo años atrás. Un gesto. Queriendo olvidar el lastre del reproche. Ya no importaban esas noches de sexo en las que se podían mezclar movimientos de animal con el amor auténtico. Un beso. Se revolvió en el asiento, bajó las piernas y miró hacia donde estaba ella.
Cerró el libro con cuidado. Resoplando sin hacer ruido y entrecerrando los ojos. No quería pasar por el momento de volver a decir que no era el momento, que no le apetecía. Ya había fingido suficientes orgasmos como para que no le resultara grotesco. Alguna vez, antes de que llegara él, entraba en el baño para ducharse y masturbarse sin permitirse llegar a un final deseado en soledad. Observó como se movía. No quería mirarle a los ojos.
- ¿Me besas, amor?
- No empecemos. Sabes que así no me gusta.
Él se levantó para cambiar la música. Prefirió escuchar canciones viejas. Las que le hacían recordar su juventud, la inocencia perdida. Las que le permitían recordar que una vez fue un tipo que podía sonreír con tan solo verla llegar para buscar un lugar en el que pasar una noche estupenda. Ella volvió a abrir el libro aunque no pudo leer. Tan sólo miraba las páginas pensando en qué momento dejó de ver en él a ese muchacho robusto y simpático al que juró amar hasta la muerte. Estuvo a punto de levantarse y ofrecerse allí mismo sin condiciones. Se imaginaba, tan rápido como podía, apoyando los brazos en la mesa para que sus manos agarraran sus pechos, para que buscaran su sexo, cómo se giraría y se arrodillaría para lamer su pene antes de pedirle que la penetrara. Pero él ya se iba. Le pareció que quería ocultar el rostro. Aunque arrastraba los pies al andar.
Tengo mal rollo con las cosas del sexo. Por eso me he inventado una terapia. Imagino como me follo a todas las que me dijeron que no había nada que hacer. En fila, pidiendo a gritos que les eche un polvo que se perdieron hace meses, incluso años. Desnudas, masturbándose como locas, esperando un turno que se les hace insoportable.
De momento no funciona bien. Cada vez que decido comenzar todas se han corrido. Es lo que tiene la timidez.
Se rozan durante la noche. Él se despierta. Mira el contorno que forma su cuerpo distorsionado por los pliegues de la sábana. Negro sobre una oscuridad que deja adivinar. Quisiera acariciar a la mujer, pero sabe que no debe. Imagina cómo fueron noches pasadas muchos años atrás. Tan sólo se atreve a dejar su mano en el hombro desnudo que asoma. Trata de dormir. Y sólo cuando ella hace un movimiento brusco para separarse lo consigue.
Sueña. Agarra sus pechos mientras la penetra. Casi con violencia. Gemidos. Ella tira de las sábanas y grita su nombre.
Ahora es ella la que toca su hombro. Es hora de levantarse. En el baño. Intenta afeitarse aunque no puede. Apoya las manos en el lavabo y mira al frente. Le parece escuchar un leve gemido de ella. Cómo se mueve en la cama nerviosa.
Este podría ser un blog como otro cualquiera. Pero no lo es.
Mr. y Mrs. XXX, Kama y Sutra (autores de todos los textos que leáis) os intentaremos trasladar a ese lugar soñado, ese territorio que no confesaríais conocer jamás.
Alejados de textos facilones de los que está lleno este género, procuraremos hacer buena literatura. Desde la ironía, desde el sexo más explícito o desde la sugerencia del no decir y, si puede ser, desde la inteligencia que se le supone a un buen autor. Si somos capaces, desde todo a la vez.
Y, por qué no, desde la buena música. Buena compañera de viaje para todo lo que hacemos en la vida.
Que la fortuna nos acompañe por siempre jamás a todos.
Las imágenes y archivos de audio y vídeo que aparecen en este blog han sido incluidos en él por motivos ilustrativos o didácticos, sin ánimo de lucro, bajo el término del uso razonable.